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La Felicidad

«Solo aquel que acometió la utópica empresa de ser Feliz entenderá que le puede costar la vida.»

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Recuerdo que esa mañana desperté con un manifiesto dolor estomacal, se lo atribuí al arrepentimiento, la mujer que aún dormía en mi cama delataba la reincidencia a lo que inútilmente había prometido renunciar. Desayunó, yo nunca he podido, la acerqué a su casa y continué hacia la corte sin reparar en despedidas.

El ingreso del juez Vicent Smash a la sala, alteró el tumulto de gente y su consecuente barullo, provocando el orden de lo primero y la extinción de lo segundo. Mi lugar era privilegiado, ocupaba el sector usualmente reservado para los abogados querellantes. A mi izquierda había un hombre bajo, de ojeras prominentes,  aspecto cansado y mirada perdida. Llevaba saco claro y anteojos negros cuadrados (como los que usan los intelectuales), sus manos esposadas lo identificaban como el acusado. Junto a él un hombre no más alto, sí con evidente menor edad, estaba parado e inquieto, como si la situación lo incomodara. Me distraje pensando si su actitud se debía a la inexperiencia, a pesar de no encontrar respuesta fundamentada a mi inquietud, no dedique mucho tiempo para conjeturarla (el comienzo de un pensamiento puede ser involuntario, felizmente, su culminación no lo es). En diagonal al estrado, completando un semicírculo, detrás de un escritorio de madera clara, estaba sentado el fiscal Wallace; era la primera persona que conocía entre los presentes. Detrás del fiscal en dirección al estrado, unas doce personas sentadas instituían el jurado, en una especie de tribuna.  No me detuve a analizar a ninguno, salvo a un viejo alto que tenía algo de granjero y de marinero. Su barba blanca le tapaba el pecho y me recordaba una catarata furiosa, su pipa encendida se burlaba de la prohibición exhibida en el cartel sobre su cabeza.

Cortando el silencio, dirigiendo su voz y su mirada a Alberto Riestra, el juez afirmó:

-Está usted acusado de irrumpir e incendiar un edificio público.

La noche del 29 de febrero de 2004, como era su costumbre, Alberto Riestra permaneció dentro de la Biblioteca Nacional de Texas pasado su horario de cierre de las 20:00 hs. Ciento cincuenta mililitros de somnífero en el café del viejo sereno fueron suficientes para iniciar su cometido. Con extraordinaria tranquilidad, ingresó a la sala principal de techo menos alto que los enormes ventanales pretendían aparentar y repitiendo el mismo camino que surcaba todos los días, atravesó trasversalmente la sala para dirigirse al sexto pasillo donde dormían los ejemplares de sociología. Cada pasillo tiene paredes simétricas de libros, como ladrillos móviles, sostenidos por imponentes anaqueles que tocan el piso y el cielorraso y albergan libros de una única temática, exactamente tres mil cuarenta libros por pared (dato que nunca pude verificar). Ayudado por una escalera metálica, removió los libros más altos y terminó de vaciar por completo los anaqueles hasta formar una inmensa montaña de seis mil ochenta ejemplares. Con mucha serenidad roció de alcohol la montaña de libros y le dio fuego, cuidando de dañar solo lo planificado. Finalmente, se sentó a leer The First Emperor of China de Frances Wood a la luz de las llamas y esperó que lo arrestaran.

-¿Se considera usted, culpable o inocente del delito que se le acusa?

-¡Culpable!. Respondió Alberto Riestra y sin dejar que el juez prosiguiera, respiró ruidosamente, reacomodó sus anteojos y esgrimió una confesión conmovedora, a caso la más pura y profunda que haya oído en toda mi vida. Una declaración inapelable y convincente como el reto de un padre a su hijo,  que lo desnudó lentamente hasta dejar al descubierto el ruego de su alma. Ese hombre pequeño predicó audazmente su mandamiento, su tautología. La atención de todos los presentes fue tan absoluta que no puedo precisar cuánto tiempo transcurrió. Cada palabra disparada a su debido tiempo avanzaba como una daga atravesando la muda sala y erizando pieles a su paso. Las palabras ocupaban el ambiente y formaban una atmósfera tan densa, que un simple estornudo hubiera podido rajar. Su discurso era una sinfonía de términos minuciosamente ordenados, como si hubiesen sido creados únicamente para formar parte de esa bellísima secuencia. Los silencios no escapaban a esa perfección, aparecían allí para dejarnos respirar, para que siguiéramos siendo testigos de tal cruel e inobjetable verdad. Comenzó sentado, no recuerdo exactamente en qué momento se paró para mirarnos a los ojos simultáneamente a todos. Ya no solo su voz, también su presencia habían colmado la sala entera. Lo sentí omnipotente.

El dolor estomacal que no cesaba pero había cambiado su causante, en ese momento era el hambre, no impidió que viniera a mi mente la investigación periodística que realicé sobre Alberto Riestra, tarea que suelo realizar antes de cubrir un caso policial. Nacido en Sudamérica, facultado en Ciencias Exactas, doctorado en sociología, dedicó una de sus cuatro décadas de vida a investigaciones y era dueño de reconocimientos académicos internacionales. Entre las cosas que más me sorprendieron de su biografía, destaco un alto coeficiente intelectual y un particular afán por la justicia social, que lo llevaron a estudiar obsesivamente el lugar donde le tocó nacer: la sociedad. En marzo de 2002, abandonó estrepitosamente sus hábitos, para radicarse en Texas y dedicarse a la literatura.

Conjeturé que a mi izquierda había un hombre cercano a un genio. Los genios lo son, por saber focalizar su condición. Alberto Riestra dominaba las ciencias exactas, estudió las humanas y éstas últimas mataron al genio. A pesar que había finalizado su discurso, las palabras de Riestra permanecían en el lugar para extorsionar al jurado. Recorriéndolas por orden de antigüedad era posible reconstruir la inolvidable declaración. Estaban allí con el fin de revivir el pedido de felicidad de una persona agotada de la vida. Un ser entregado a sus convicciones hasta el hartazgo, que conocía en detalle cada uno de los caminos ideados para ajusticiar las sociedades y también conocía sus irremediables finales. Comprendió que la felicidad está no menos cerca de la sabiduría que de la ignorancia. Necesitaba que la enmarañada sociedad aceptara su necesidad de ignorar – aún ignoramos el destino ulterior a la muerte -.

Nunca olvidaré su última frase de aquel día: “Con mi acto he matado a Durkheim y a Weber, al socialismo basado en Marx y Engels,  al liberalismo de Locke, a los intentos nacionalistas de Mussolini y Hitler, a los libertarios seguidores de Proudhon; son estériles sus recetas, la historia de la humanidad las encarnó para demostrarlo. Señor juez, no soy capaz de darme muerte, le rogaría que su condena lo haga. Sé que su ley no lo permite, por eso lo he matado a usted también. ¡Quiero ser feliz!”

Cinco o seis semanas habían transcurrido y me encontraba en el mismo lugar, aunque casi todo había mutado: mi rol de cronista por testigo, el dolor estomacal por olvido, el juez Vicent Smash por el juez Paul Jash, los doce integrantes del jurado por doce nuevos integrantes, el fiscal Wallace por un desconocido, las palabras de Alfredo Riestra por vacío. Lo único que permanecía inalterado era la sala del juzgado, con esa frialdad que tienen las obras civiles para albergar eventos irrepetibles y permanecer indiferentes a ellos; el Arc de Triomphe de Champs-Élysées se comportó igual durante los festejos Napoleónicos del siglo XIX, que cuando un turista anónimo lo fotografió la semana pasada.

-¿Jura decir la verdad? La pregunta del juez Paul Jash con voz intimidante provocó que mi angustia no se profundice.

-Si juro. Contesté, cerrando un protocolo que nadie atiende, mientras pensaba cuál sería la reacción de mi interrogador ante una respuesta negativa. Rápidamente retorné al estado anterior, que hacía cinco o seis semanas no dejaba de perturbarme. En algún momento un abogado me refirió una pregunta que no recuerdo, a la que contesté:

-No tengo pruebas para asegurar que Alberto Riestra envenenó al juez Vicent Smash. Lo que sí puedo asegurar es que cada uno de los presentes en aquel juicio, cumplimos el papel que debíamos cumplir. Dudo que nuestra existencia pueda justificarse mejor con otra razón que no sea la de ser actores de esa obra superior.

Giré mi cabeza, Alberto Riestra estaba parado contra una pared lateral, lo sujetaban de sus brazos sendos policías vestidos de azul, no llevaba anteojos y lucía un mameluco anaranjado. Me miró fijamente durante unos segundos hasta que cortó su mirada profunda con una sonrisa incipiente, su felicidad era inminente.

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El cometido de Robin Hood

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  • En 2009 el país con mejor índice de distribución del ingreso per cápita del mundo fue Suecia, con un valor de 0,23.

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  • En 2009 el índice de distribución del ingreso per cápita de Argentina fue de 0,45.

coeficiente de gini Argentina

El Coeficiente de Gini es el indicador más utilizado para medir la desigualdad del ingreso en una sociedad, especialmente a través del ingreso per cápita familiar. Varía entre cero -situación ideal en la que todos los individuos o familias de una comunidad tienen el mismo ingreso- y uno, valor al que tiende cuando los ingresos se concentran en unos pocos hogares o individuos.
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coeficiente de gini Venezuelacoeficiente de gini Uruguaycoeficiente de gini Chilecoeficiente de gini Brasil

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Textos encontrados de orbistertius

Yo

Anoche era tristeza por el hombre, felicidad por el poeta.

Lo terrible es que no sabía cuál era yo.

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Definición

Ignorancia: Pereza intelectual.
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Beso

Me gustaría caminarte por toda la boca.

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Borges y yo

Esta noche…

(nada impide que lea).

Una tormenta de cuchillos raja el cielo,

muere Dios a puñaladas violentas.

Esta noche nada impide que lea.

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Economía Liberal vs Keynesiana

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  • La tasa de desocupación en Argentina aumentó de 8,6% en Mayo de 1990 a 21,5% en Mayo de 2002.

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  • La tasa de desocupación en Argentina disminuyó de 20,4% en 1er. Trim. 2003 a 7,3% en 4to. Trim 2010.

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desempleo en Argenitna 1990 a 2003desempleo en Argentina 2003 - 2010

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Prioridades

En 2009 en Argentina la canasta básica de alimentos mensual para un adulto costaba $150 (pesos).

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$ 2.001.600 (pesos) son necesarios para alimentar 1112 personas durante 12 meses con una canasta básica de alimento de $150 (pesos).

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En 2009 la Secretaría de Medios de Comunicación Argentina gastó $271.236.641 (pesos) en Prensa y Difusión de Actos de Gobierno.

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En 2009 murieron 1112 personas en Argentina a causa de la desnutrición.

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La política de desplegar el ejército, en política.

Ayer o el martes, mi amigo y Maestro Oscar,  me contó que durante la primeras dinastías chinas se solía determinar el vencedor de una batalla de acuerdo al tamaño de su ejército y sin la necesidad de acometer el combate. Sendos ejércitos se desplegaban enfrentados en el campo de batalla y se contemplaban mutuamente, hasta que el líder de uno de ellos decidía retirarse ante la intimidante superioridad numérica del ejército opositor.

En estos tiempos las contiendas políticas tienen mucho de aquello, de ejércitos y de batallas sin combates. El acto contemplativo de las batallas chinas de antaño se reemplazó por la lectura de encuestas de intención de voto que empujan al  líder político de turno a permanecer o retirarse.

Proyectando esta tendencia. ¿Llegará el momento en que las elecciones en si no sean necesarias, y que el candidato político ganador se decida por mera «contemplación» de las encuestas?. ¿Invencible entonces será  aquel que pueda manipular esas encuestas?

Apelando nuevamente a evidencia histórica  inexacta, fueron tan solo 300 espartanos quienes vencieron a miles de persas; fue el ejercito argentino, superado en número y armamento, quien venció o espantó a las tropas anglo francesas en la Vuelta de Obligado. Los mismos chinos, en dinastías ulteriores, combatían para determinar el ganador de las batallas independientemente del tamaño de sus ejércitos.

Lo mejor parece ser que sigan existiendo elecciones y entender que algunas fuerzas políticas implementan la estrategia especulativa de desplegar el ejército en política a través de encuestas (no siempre veraces) para evitar el combate o al menos para disminuir las fuerzas opositoras. Quizás los 300 espartanos no hubieran peleado si hubieran visto las encuestas o quizás si las vieron y por eso eran solo 300 …

Tomando la licencia de extrapolar este comportamiento extraño y milenario a otras disciplinas, es divertido imaginar por ejemplo, partidos de fútbol que se decidan por “contemplación” de las habilidades de sus jugadores. En estos particulares encuentros los jugadores entran a la campo de juego no para disputar el partido de fútbol, sino para realizar movimientos individuales con y sin la pelota. Mientras esto ocurre, en el centro del campo los directores técnicos de ambos equipos intentan convencerse el uno al otro de porque su equipo debería ganar el partido. En este tipo de partidos es muy importante contar con suplentes de prestigio, ya que en muchas ocasiones referencias a  posibles cambios son los que terminan inclinando la balanza por el equipo ganador. Finalmente, luego de un debate de unos 10 minutos de duración, uno de los directores técnicos decide retirarse a los vestuarios junto con su equipo ante la indiscutible superioridad de su rival. Esta es la señal que esperan los espectadores para anoticiarse de que su equipo ha sido el vencedor y desatar los festejos en la tribuna.  Se cuenta que en una oportunidad un equipo sufrió una expulsión, pero esa historia puede explicarse mejor en otro cuento.

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Causas de muerte en Argentina

En 2006 murieron 7557 personas en accidentes de tránsito.

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En 2008 murieron 2305 personas a causa de homicidios dolosos.

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En 1982 murieron 649 argentinos durante la guerra de Malvinas.

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La misión o la huella

Ayer te leí, Maestro.

Hoy nacen mis dos hijos,

uno (de papel) es tuyo.

Mañana plantaré un árbol.

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Sé Plebeyo

La plebe era una clase social pobre de la antigua Roma que carecia de algunos privilegios que tenian los nobles, eclesiásticos y militares que formaban la clase aristocrática de los patricios. En un principio los plebeyos eran denomiados «los que no formaban parte de la gente», con el paso del tiempo la población de los plebeyos superó a los de los patricios y luego de organizarse y de varios enfrentamientos con los patricios, las condiciones se tornaron más igualitarias. En los últimos años del imperio romano, ser un plebeyo ya no estaba determinado por la condición de ser rico o pobre, en cambio significaba reconocer un elemento común: la no pertenencia al patriciado.

Las clases sociales del actual sistema capitalista no difieren demasiado de aquella antigua organización. Perfectamente se podría hacer una analogía donde la mayoría de los políticos, eclesiásticos , militares y personas de la alta sociedad formarían los «patricios de la actualidad», mientras que la mayoría de los obreros, profesionales y personas de clase media / baja se agruparían en la plebe. Aunque nos estaríamos olvidando de reconocer el elemento común, que por estos tiempos es el no pertenecer a un grupo currupto, con privilegios especiales e impune. Dicho de otro modo, ser plebeyo hoy significa sentir y luchar por la igualdad y libertad de todas las personas. Este sentimiento va más alla de las clases sociales (como pasaba en la antigua Roma y seguirá pasando en los próximos tiempos).

Por todo esto, te invito a que seas un plebeyo: Registrate