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El librito del Poeta – Rodrigo Patané, el poeta en Motocicleta

Nos vamos a extrañar

Rodrigo Patané, el poeta en Motocicleta (Nos vamos a extrañar)

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El arte de la guerra – Sun Tzu

El arte del la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca. Poner cebos para atraer al enemigo.

Sun Tzu (El arte de la guerra)

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El Club Atlético y Biblioteca Ferrocarril Sud en el Centenario – Hugo Mengascini

Prólogo

Cruzar la barrera imaginaria del siglo de vida, nos ayuda a dimensionar hasta dónde puede llegar un sueño en común, cuando se lo persigue con pasión. Fueron treinta trabajadores ferroviarios que tuvieron la visión y el coraje de fundar el Club Atlético y Biblioteca Ferrocarril Sud para legar en el barrio de la Estación, una de las instituciones sociales, culturales y deportivas más influyente de la ciudad.

Con la intención de dejar a las futuras generaciones, un testimonio escrito de nuestra rica historia, el socio e historiador Hugo Mengascini encabezó la ardua tarea de confeccionar este libro. Nos enorgullece el resultado, porque está respaldado por un extenso trabajo de investigación rigurosa de libros de actas, memorias y testimonios de protagonistas.

Tenemos el honor de conducir el año del centenario sabiéndolo trascendental, pero siendo muy conscientes de la importancia que tuvieron cada uno de nuestros 100 años de existencia. Por eso, queremos agradecer a cada socio, a cada deportista, a cada familia, a cada Institución amiga y a cada simpatizante de Ferro, quienes han forjado nuestra identidad.

Vemos el futuro con mucha ilusión y soñamos en transformar nuestra Institución en un Club moderno, inclusivo, que enamore a las nuevas generaciones, así como fuimos enamorados nosotros. Pretendemos estar a la altura de nuestros socios fundadores, obrando con mucha responsabilidad para proteger nuestro patrimonio y honrar nuestra historia, sin abandonar el espíritu de progreso y superación. Cumplimos con nuestro rol de contener y educar a nuestros socios cada día para “lograr el progreso moral de la Sociedad”, tal cual lo expresa nuestro Estatuto Social, y para demostrar que Ferro es un club con Valores.

Feliz centenario, querida familia Tricolor.

Comisión Directiva
Club Atlético y Biblioteca Ferrocarril Sud

Abril 2019

Hugo Mengascini (El Club Atlético y Biblioteca Ferrocarril Sud en el Centenario, página 15, Independencia Gráfica & Editora, ISBN: 978-987-783-959-3)

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Papeles Inesperados – Julio Cortázar

Esencia y misión del maestro

Escribo para quienes van a ser maestros en un futuro que ya casi es presente. Para quienes van a encontrarse repentinamente aislados de una vida que no tenía otros problemas que los inherentes a la condición de estudiante; y que, por lo tanto, era esencialmente distinta de la vida propia del hombre maduro. Se me ocurre que resulta necesario, en la Argentina, enfrentar al maestro con algunos aspectos de la realidad que sus cuatro años de Escuela Normal no siempre le han permitido conocer, por razones que acaso se desprendan de lo que sigue. Y que la lectura de estas líneas –que no tiene la menor intención de consejo- podrá tal vez mostrarles uno o varios ángulos insospechados de su misión a cumplir y de su conducta a mantener.

Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización. Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente. El maestro tiende hasta la inteligencia, hacia el espíritu y finalmente, hacia la esencia moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño; pero debe cumplir asimismo el hondo viaje hacia el interior de ese espíritu y regresar de él trayendo, para maravilla de los ojos de su educando, la noción de bondad y la noción de belleza: ética y estética, elementos esenciales de la condición humana.

Nada de esto es fácil. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal, permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello. Es entonces que la capacidad del que enseña –yo diría mejor: del que construye descubriéndose pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo él mismo, porque no había tenido jamás el concepto de su misión. Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y disciplina de sus alumnos. Fracasa convirtiéndose en lo que se suele denominar «un maestro correcto». Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.

Algún maestro así habremos tenido todos nosotros. Pero ojalá que quienes leen estas líneas hayan encontrado también, alguna vez, un verdadero maestro. Un maestro que sentía su misión; que la vivía. Un maestro como deberían ser todos los maestros en la Argentina.

Lo pasado es pasado. Yo escribo para quienes van a ser educadores. Y la pregunta surge, entonces, imperativa: ¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? De la respuesta, aquilatada en su justo valor por la nueva generación, puede depender el destino de las infancias futuras, que es como decir el destino del ser humano en cuanto sociedad y en cuanto tendencia al progreso.

¿Puede contestarse la pregunta? ¿Es que acaso tiene respuesta?

Yo poseo mi respuesta, relativa y acaso errada. Que juzgue quien me lee. Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentinos obedece a la carencia de una verdadera cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal. El vocablo «cultura» ha sufrido como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leído mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era –y es, para muchos- llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres…

Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre –tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martín Heidegger- no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.

Así tiene que ser el maestro.

Julio Cortázar (Papeles Inesperados, páginas 162-164, Editorial Alfaguara, ISBN: 978-987-04-1247-2)

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Sin Armas ni Rencores – El robo al banco río contado por sus autores – Rodolfo Palacios

Los fracasos terminan siendo a medida de los sueños. Grandes sueños, grandes fracasos. Y estos pistoleros tenían un gran sueño. Estuvieron a punto de cumplirlo. En todo este tiempo dicen que han aprendido tres lecciones. Una: no existe el plan perfecto. Dos: es más fácil robar un banco que guardar un secreto. Tres: no hay que confiar en las mujeres.

Rodolfo Palacios (Sin armas ni rencores, página 31, Editorial Planeta, ISBN: 978-950-49-4243-6)

La virtud que se sabe virtud se anula

Rodolfo Palacios (Sin armas ni rencores, página 88, Editorial Planeta, ISBN: 978-950-49-4243-6)

Así hablaba el líder. Por entonces leía los conceptos de Kierkegaard, quien decía que el bien más alto para el ser humano era encontrar la vocación. «Debo encontrar una verdad que sea verdadera para mí. La idea por la que pueda vivir o morir». La verdad del líder era cometer un robo inolvidable.

Rodolfo Palacios (Sin armas ni rencores, página 103, Editorial Planeta, ISBN: 978-950-49-4243-6)

Era capaz de vivir un fin de semana lúdico y lujurioso entre excesos y señoritas, y luego usar los cinco días de la semana para entrenar seis horas diarias, comer alimentos sanos y tomar agua mineral. Le divertía esa dicotomía, navegar entre lo malo y lo bueno, lo rico y lo pobre, lo permitido y lo prohibido, lo duradero y lo efímero, lo bello y lo feo, lo oscuro y lo lumínico, lo legal y lo ilegal.

Rodolfo Palacios (Sin armas ni rencores, página 220, Editorial Planeta, ISBN: 978-950-49-4243-6)

Se habían conocido en la cárcel. Y era en ese lugar donde se despedían. A la realidad le gustan las simetrías, decia Borges.

Hay finales que caen como estrellas caídas. En el descenso dejan de hacer destellos. Desaparecen. Otros son confusos y lentos como la neblina. Pero siempre llegan. Se los puede dilatar, anticipar, desear, odiar o negar. Pero llegan y no hay nada que hacer con eso. Los finales borran algo. Ese algo no puede ser recobrado ni con el hechizo de un brujo maldito que intente desbaratar, como un profeta de la sensibilidad, la cadena de meleficios que rodea los desdichados. Esos que se preguntan cómo esquivar la tristeza infinita que se les viene encima como un piano que cae del décimo piso. Y nunca se sabrá de dónde viene esa tristeza que llega, puntual y pronosticada.

Rodolfo Palacios (Sin armas ni rencores, página 411, Editorial Planeta, ISBN: 978-950-49-4243-6)

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Recuerdos de una caja mágica – Alejandro Latorre

Alejandro Latorre (Recuerdos de una caja mágica, página 142)

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Artforum – César Aira

Había algo de locura por el lado de la imprudencia. ¿ No es peligroso ser demasiado feliz? ¿ No habría que pagarlo después? ¿ No convendría guardar algo para mañana? La respuesta es No.

César Aira (Veinticuatro – Artforum, página 43, Editorial blatt & tíos, ISBN: 978-987-4941-39-8)

Hay que ir a los extremos de la pobreza y el desamparo para hacerse una idea realista de la unidad monetaria.

César Aira (El mendigo – Artforum, página 23, Editorial blatt & tíos, ISBN: 978-987-4941-39-8)

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La Riqueza

En la próspera tierra de Sudamérica, un campesino adinerado que surcaba su latifundio, se topó con un joven que leía a la sombra de un sauce. —Deberías estar trabajando para ganar tu dinero, comprar ropas y alimentos, asearte y mejorar tu aspecto de pobre —le dijo.

El joven lo miró con compasión y respondió. —Por cada oveja que acumulas en tus cabañas, más se aleja la Pobreza de su extinción. Te costará una vida comprender la inutilidad de tu fortuna. No te culpo, yo también era ignorante.

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Otra máquina del Tiempo

En algún período de la Historia, un viajero solitario entendió que un minuto de pereza es menos extenso que uno de adrenalina. Viajó, viajó y continuó viajando. Por cada lugar o persona que recorría, más prolongaba su vida «¿Qué soy, más que una acumulación de experiencias?», pensó.
Se cree que el viajero solitario avanza y retrocede a voluntad, harto de respetar la direccionalidad del Tiempo.
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A destiempo

Salim es un genio peculiar y perverso. No reside en una lámpara, sino en una damajuana ordinaria. Concede un único deseo, a cambio de ser devuelto al mar a la caza de nuevos amos.  No consigue (o no quiere) cumplir los deseos a tiempo; por eso un niño iraní recibió su primera bicicleta a los treinta años de edad o un ladrón de bancos escapó de Alcatraz el día de su muerte.

Mi gran desgracia fue desear el amor de Diana a orillas del mar Egeo. Desde entonces vivo atormentado, su fantasma me hace el amor todas las noches.

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Gracias al sacrificio de los esclavos en el Caribe, nacieron la máquina de James Watt y los cañones de Washington – Eduardo Galeano

El Che Guevara decía que el subdesarrollo es un enano de cabeza enorme y panza hinchada: sus piernas débiles y sus brazos cortos no armonizan con el resto del cuerpo. La Habana resplandecía, zumbaban los cadillacs por sus avenidas de lujo y en el cabaret más grande del mundo ondulaban, al ritmo de Lecuona, las vedettes más hermosas, mientras tanto, en el campo cubano, solo uno de cada diez obreros agrícolas bebía leche, apenas un cuatro por ciento consumía carne y, según el Consejo Nacional de Economía, las tres quintas partes de los trabajadores rurales ganaban salarios que eran tres o cuatro veces inferiores al costo de la vida.

Pero el azúcar no solo produjo enanos. También produjo gigantes o, al menos, contribuyó intensamente al desarrollo de los gigantes. El azúcar del trópico latinoamericano aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos, al mismo tiempo que mutiló la economía del nordeste de Brasil y de las islas del caribe y selló la ruina histórica de África. El comercio triangular entre Europa, África y América tuvo por viga maestra el tráfico de esclavos con destino a las plantaciones de azúcar. «La historia de un grano de azúcar es toda una lección de economía política, de política y también de moral». Decía Augusto Cochin.

Eduardo Galeano (Las venas abiertas de America Latina, página 106, Editorial Siglo veintiuno, ISBN: 978-987-629-511-6)
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Castillos de azúcar sobre los suelos quemados de Cuba – Eduardo Galeano

Desde 1948, Cuba recuperó su cuota para cubrir la tercera parte del mercado norteamericano de azúcar, a precios inferiores a los que recibían los productores de Estados Unidos, pero más altos y más estables que los del mercado internacional. Ya con anterioridad los Estados Unidos habían desgravado las importaciones de azúcar cubana a cambio de privilegios similares concedidos al ingreso de los artículos norteamericanos en Cuba.

Todos estos favores consolidaron la dependencia. “El pueblo que compra manda, el pueblo que vende sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad; el pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de uno”, había dicho Martí y repitió el Che Guevara en Ia conferencia de la OEA, en Punta del Este, en 1961. La producción era arbitrariamente limitada por las necesidades de Washington. El nivel de 1925, unos cinco millones de toneladas, continuaba siendo el promedio de los años cincuenta: el dictador Fulgencio Batista asaltó el poder, en 1952, en ancas de la mayor zafra hasta entonces conocida, más de siete millones, con la misión de apretar las clavijas, y al año siguiente la producción, obediente a la demanda del norte, cayó a cuatro.

Eduardo Galeano (Las venas abiertas de America Latina, página 93, Editorial Siglo veintiuno, ISBN: 978-987-629-511-6)
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La Semana Santa de los Indios termina sin Resurrección – Eduardo Galeano

Los turistas adoran fotografiar a los indígenas del altiplano vestidos con sus ropas típicas. Pero ignoran que la actual vestimenta indígena fue impuesta por Carlos III a fines del siglo XVIII. Los trajes femeninos que los españoles obligaron a usar a las indígenas eran calcados de los vestidos regionales de las labradoras extremeñas, andaluzas y vascas, y otro tanto ocurre con el peinado de las indias, raya al medio, impuesto por el virrey Toledo.

No sucede lo mismo, en cambio, con el consumo de coca, que no nació con los españoles; ya existía en tiempos de los incas. La coca se distribuía, sin embargo, con mesura; el gobierno incaico la monopolizaba y sólo permitía su uso con fines rituales o para el duro trabajo en las minas. Los españoles estimularon agudamente el consumo de coca. Era un espléndido negocio.

En el siglo XVI se gastaba tanto, en Potosí, en ropa europea para los opresores como en coca para los oprimidos. Cuatrocientos mercaderes españoles vivían, en el Cuzco, del tráfico de coca; en las minas de plata de Potosí entraban anualmente den mil cestos, con un millón de kilos de hojas de coca. La Iglesia extraía impuestos a la droga. El inca Garcilaso de la Vega nos dice, en sus «comentarios reales», que la mayor parte de la renta del obispo y de los canónigos y demás ministros de la iglesia del Cuzco provenía de los diezmos sobre la coca, y que el transporte y la venta de este producto enriquecían a muchos españoles.

Con las escasas monedas que obtenían a cambio de su trabajo, los indios compraban hojas de coca en lugar de comida: masticándolas, podían soportar mejor, al precio de abreviar la propia vida, las mortales tareas impuestas. Además de la coca, los indígenas consumían aguardiente, y sus propietarios se quejaban de la propagación de los «vicios maléficos».

A esta altura del siglo veinte, los indígenas de Potosí continúan masticando coca para matar el hambre y matarse y siguen quemándose las tripas con alcohol puro. Son las estériles revanchas de los condenados. En las minas bolivianas, los obreros llaman todavía mita a su salario.

Eduardo Galeano (Las venas abiertas de America Latina, página 68, Editorial Siglo veintiuno, ISBN: 978-987-629-511-6)
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España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche – Eduardo Galeano

Entre 1545 y 1558 se descubrieron las fértiles minas de plata de Potosí, en la actual Bolivia, y las de Zacatecas y Guanajuato en México; el proceso de amalgama con mercurio, que hizo posible la explotación de plata de ley más baja, empezó a aplicarse en ese mismo período. El «rush» de la plata eclipsó rápidamente a la minería de oro. A mediados del siglo xvII la plata abarcaba más del 99 por ciento de las exportaciones minerales de la América hispánica 20.
América era, por entonces, una vasta bocamina centrada, sobre todo, en Potosí. Algunos escritores bolivianos, inflamados de excesivo entusiasmo, afirman que en tres siglos España recibió suficiente metal de Potosí como para tender un puente de plata desde la cumbre del cerro hasta la puerta del palacio real al otro lado del océano. La imagen es, sin duda, obra de fantasía, pero de cualquier manera alude a una realidad que, en efecto, parece inventada: el flujo de la plata alcanzó dimensiones gigantescas. La cuantiosa exportación clandestina de plata americana, que se evadía de contrabando rumbo a las Filipinas, a la China y a la propia España, no figura en los cálculos de Earl J. Hamilton 21, quien a partir de los datos obtenidos en la Casa de Contratación ofrece, de todos modos, en su conocida obra sobre el tema, cifras asombrosas. Entre 1503 y 1660, llegaron al puerto de Sevilla 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. La plata transportada a España en poco más de un siglo y medio, excedía tres veces el total de las reservas europeas. Y estas cifras, cortas, no incluyen el contrabando.

Eduardo Galeano (Las venas abiertas de America Latina, página 40, Editorial Siglo veintiuno, ISBN: 978-987-629-511-6)
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Las venas abiertas de America Latina – Eduardo Galeano

La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar v le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones Este va no es el reino de las maravillas donde la realidad derrotaba a la fábula y la imaginación era humillada por los trofeos de la conquista, los yacimientos de oro y las montañas de plata. Pero la región sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan consumiéndolos, mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos. Son mucho más altos los impuestos que cobran los compradores que los precios que reciben los vendedores; y al fin y al cabo, como declaró en julio de 1968 Covey T. Oliver, coordinador de la Alianza para el Progreso, «hablar de precios justos en la actualidad es un concepto medieval. Estamos en plena época de la libre comercialización…»


Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios. Nuestros sistemas de inquisidores y verdugos no sólo funcionan para el mercado externo dominante; proporcionan también caudalosos manantiales de ganancias que fluyen de los empréstitos y las inversiones extranjeras en los mercados internos dominados. «Se ha oído hablar de concesiones hechas por América Latina al capital extranjero, pero no de concesiones hechas por los Estados Unidos al capital de otros países… Es que nosotros no damos concesiones», advertía, allá por 1913, el presidente norteamericano Woodrow Wilson. Él estaba seguro: «Un país –decía- es poseído y dominado por el capital que en él se haya invertido». Y tenía razón. Por el camino hasta perdimos el derecho de llamarnos americanos, aunque los haitianos y los cubanos ya habían asomado a la historia, como pueblos nuevos, un siglo antes de que los peregrinos del Mayflower se establecieran en las costas de Plymouth. Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub -América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación.

Es América Latina, la región de las venas abiertas.

Eduardo Galeano (Las venas abiertas de America Latina, página 15, Editorial Siglo veintiuno, ISBN: 978-987-629-511-6)