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La Riqueza

En la próspera tierra de Sudamérica, un campesino adinerado que surcaba su latifundio, se topó con un joven que leía a la sombra de un sauce. —Deberías estar trabajando para ganar tu dinero, comprar ropas y alimentos, asearte y mejorar tu aspecto de pobre —le dijo.

El joven lo miró con compasión y respondió. —Por cada oveja que acumulas en tus cabañas, más se aleja la Pobreza de su extinción. Te costará una vida comprender la inutilidad de tu fortuna. No te culpo, yo también era ignorante.

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Otra máquina del Tiempo

En algún período de la Historia, un viajero solitario entendió que un minuto de pereza es menos extenso que uno de adrenalina. Viajó, viajó y continuó viajando. Por cada lugar o persona que recorría, más prolongaba su vida «¿Qué soy, más que una acumulación de experiencias?», pensó.
Se cree que el viajero solitario avanza y retrocede a voluntad, harto de respetar la direccionalidad del Tiempo.
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A destiempo

Salim es un genio peculiar y perverso. No reside en una lámpara, sino en una damajuana ordinaria. Concede un único deseo, a cambio de ser devuelto al mar a la caza de nuevos amos.  No consigue (o no quiere) cumplir los deseos a tiempo; por eso un niño iraní recibió su primera bicicleta a los treinta años de edad o un ladrón de bancos escapó de Alcatraz el día de su muerte.

Mi gran desgracia fue desear el amor de Diana a orillas del mar Egeo. Desde entonces vivo atormentado, su fantasma me hace el amor todas las noches.

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Puntos de vista

La mira a los ojos, lo mira a los ojos. Ignoran el humectante spray que les escupe la fuente, escondidos entre la muchedumbre que invade los jardines. De fondo el palacio: impecable, imponente,  inmaculado. Abundan las geometrías verdes, abrazadas por flores de colores agradecidas a la primavera. Resaltan las más altas y las tornasoladas. Las últimas, cómplices del Sol, enceguecen.

Ignoran todo, él se acerca, ella quiere que él se acerque. Veleros de madera naufragan encerrados, otros son remolcados por los niños, sus padres matan el tiempo. Un viejo lustra una escultura, las otras no brillan.

Prometieron encontrarse. Pasaron treinta años. Se encontraron. Los atraviesa el perfume a baguette del boulevard Sain Michael. Los atraviesan mariposas. Se escucha Édith Piaf desde lejos.

Ellos no escuchan nada, no dicen nada, no piensan nada, sólo se miran y acercan sus labios temblorosos. Nadie los observa, no se sienten observados. Son una pareja más sentada a la orilla de la fuente. Se sienten únicos: reyes de los jardines.

De golpe la oscuridad y el placer, lo infinitamente esperado. Se besan con los ojos cerrados, para sentirse mejor.

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Me mira a los ojos, lo miro a los ojos. Estoy rodeada de gente desconocida. La cercanía al agua de la fuente me ayuda a menguar el calor. El prolijo y trabajado verde abunda. Hay flores de todas las imaginables.

Él se me acerca, yo no sé si quiero que se acerque. Los padres de los niños, que empujan los barquitos de madera, parecen no prestarles atención. Una señora de sombrero lee a Victor Hugo.

Hace mucho tiempo prometimos encontraron en este lugar. El aroma a Madre Selva, desborda. Escucho música francesa desconocida.

Antes de besarlo, me siento observada. Posado en la rama más extrema de una Santa Rita, el ruiseñor nos mira fijo; parece estar describiéndonos.

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¿De qué sirve ahora?

No hay vez que no me pregunte: ¿De qué sirve ahora?

Decirte cuanto te quiero, decirte que eres importante para mí;  si ya sos ayer.

Encerrarme en este caparazón, creyendo o queriendo creer, que vos lo sabías, que alcanzaba con una caminata de primavera, que no necesitabas escucharlo.

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¿De qué sirve ahora?

Entender que tres “te quiero”, arriba de una balanza secreta, pesan menos que un “te quiero”, dicho mirándote a los ojos.

Ser egoísta, ¡si, ser egoísta! Porque lamentarme, extrañarte, pedirte perdón es egoísmo.

Deshojar el trébol de la culpa, como si no bastase con el daño que mi silencio te causó.

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¿De qué sirve ahora?

Ir sin rumbo, como un pez perdido,  a buscarte no sé a dónde; si hasta para eso me falta coraje.

Gritarle a todo el mundo que te amo.

Si ya estas fría, si ya no sonreís, si ya no hay regreso posible.

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La recursiva condena de Fortunato Tercero

Bajo el califato de Samuel “el Grande” las leyes eran muy duras. Valía lo mismo robar un borrego de un corral que sustraer las joyas del palacio sagrado, todos los robos eran penados con la muerte. Conocidas las reglas, los ladrones se limitaban a suntuosos botines que justificasen arriesgar sus vidas.

Así fue el caso de Fortunato Tercero: joven, arrogante, heredero de una fortuna, mataba su tiempo embriagándose con licor de granada y maltratando a las mujeres de la servidumbre. Se jactaba de ser miembro de una familia poderosa, aunque la jactancia no le alcanzó para evadir las leyes impuestas por el califa Samuel “el Grande” y fue condenado a muerte por robar pieles o telas a un mercader turco que las traía desde más allá de los confines del califato.

Samuel “el Grande” aborrecía la sangre, por eso había ordenado modificar la tradición de cortar la cabeza del condenado a muerte y colgar su cuerpo en la entrada del palacio sagrado hasta que apareciera la próxima luna llena. Las ejecuciones bajo su gobierno se redujeron al uso de la horca. Creyente que el destino de una persona se forja con sus propias decisiones, ordenó que fuese el propio Fortunato Tercero quien decida su suerte.

El gobernador de los verdugos, siguiendo las órdenes de su califa, obligó a Fortunato Tercero a optar entre morir en la horca o encerrarse a leer una escritura en la sala de los espejos del palacio sagrado, con la condición de permanecer allí hasta finalizar la lectura.

Fiel a su arrogancia, Fortunato Tercero optó precipitadamente por la lectura de la escritura. Deslizó una sonrisa irónica al advertir que la escritura cabía en un papiro del tamaño de su turbante y pensó que solo un necio elegiría morir en la horca en lugar de completar una lectura que no demandaría más tiempo del que tarda un sirviente en limpiar sus zapatos.

Un joven verdugo, que fue castigado por ser infiel a Samuel “el Grande”,  sería el encargado de custodiar la dorada puerta de la sala de los espejos, durante el tiempo que le demandase a Fortunato Tercero cumplir su condena. Samuel “el Grande” fue cuidadoso en indicarle al gobernador que eligiese un verdugo bastante más joven que Fortunato Tercero para garantizar la custodia, por si acaso el encierro se prolongase en el tiempo. Fortunato Tercero creía que el califa era un tonto e imaginaba como llevar a cabo nuevos robos ante una condena de tan fácil cumplimiento.

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Fortunato Tercero pasó cuarenta años leyendo la escritura,  el califato fue heredado por Samuel Segundo “el hijo del Grande”. Hasta que un día Fortunato Tercero abrió la puerta dorada de la sala de los espejos y le rogó a su verdugo que lo colgase. El miedo a la Vejez había vencido al miedo a la Muerte.

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La escritura, que Fortunato Tercero leyó durante cuarenta años para cumplir su condena, rezaba:

“Bajo el califato de Samuel “el Grande” las leyes son muy duras. Vale lo mismo robar un borrego de un corral que sustraer las joyas del palacio sagrado, todos los robos son penados con la muerte.

Soy un vulgar ladrón, indigno de vivir bajo el califato del honorable Samuel “el Grande” y de los califas que lo sucedan. He sido traído a esta sala del palacio sagrado y se me ha entregado la soga que mi verdugo empleará para colgarme.

Nuestro amado califa es benévolo y me permite tomar las decisiones que forjan mi destino. Tengo una nueva oportunidad de decidir mi suerte, debo abrir la puerta de la sala de los espejos y pedirle a mi verdugo que use la soga para colgarme o debo comenzar a leer esta escritura nuevamente.”

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Carta a Enrique Santos Discépolo

Que el mundo fue una porquería en el quinientos seis es algo que pudiste husmear en los libros de historia, pero  ¿cómo supiste lo que sucedería en el dos mil?

Te cuento que el inicio del siglo XXI nos recibe con la mitad de la riqueza del mundo en manos del uno por ciento de la población más rica, y con ochocientos millones de personas con hambre ¿A eso te referías con porquería? O te referías a ¿por qué habiendo tecnología capaz de habitar un planeta extraterrestre, siguen existiendo guerras terrestres? Las guerras de hoy son por dinero o por religión, nada original. Serían más útiles si estuviesen dirigidas al uno por ciento más rico, ¿no te parece?

El siglo XXI también es maldad insolente, el lodo lo preparan los malvados que son los dueños del circo, y nosotros ahí adentro: a veces parados, a veces sucios, a veces revolcados, siempre quejándonos. Aunque lo suficientemente cómodos para no animarnos a salir del lodo, porque algo de placentero tiene, nos protege, nos evita pensar, nos termina encantando ¿Los insolentes? afuera, obvio. Llamarlos insolentes es indultar, son impunes. Nos son sutiles ni para robar. Confunden (y confundimos) prudencia con cobardía, respeto con servilismo, orgullo con vanidad. Son avaros, son el uno por ciento.

Lamento decirte que los inmorales nos han superado,  no en número porque si así fuese la raza humana no existiría. Nos han superado porque ya no es lo mismo ser derecho que traidor, ser ignorante que sabio, ser generoso que estafador, ser burro que gran profesor. Hoy sobran los Stavisky y faltan los San Martin. Unos estamos en el lodo y los otros… son el uno por ciento.

Peco de irrespetuoso y te solicito cambiar una parte de tu cambalache: “¡No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao!”. Déjame soñar que esta parte puede cambiar, que algún Don Bosco, que algún San Martin no se va a quedar sentado a un lao, que algún honrao se va a levantar y salir del lodo, que va a ordenar este cambalache (o lo va a desordenar a la inversa); que el circo va a cambiar de dueño y que los del uno por ciento besarán el lodo.

Déjame soñar que tu nuevo cambalache va a concluir así: “NO es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata o está fuera de la ley.”

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El placer de toparse con un libro leído.

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Me iré

Me iré a buscar ese otro
que está allá,
cruzando el tiempo.

Me iré con el viento,
con la lluvia,
con los árboles,
con los ojos inocentes.

Me iré para volver
a donde estaba,
me iré para volver
a empezar a irme.

Me iré con las manos vacías
y con todo el mundo en el cuerpo.
Me iré a curar de mi.

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Desde donde vengo

Desde donde vengo hay olor a lluvia sobre el pasto.
Olor a cielo limpio. Olor a magnolias y a jazmines.

Desde donde vengo hay olor a ladrillos pobres.
Olor a romero y olor a cedrón.

Desde donde vengo hay olor a lavanda y a mandarina.
Olor a durazno y olor a pelón.

Desde donde vengo se pueden oler todos los colores del cielo entrándote por los ojos.
Desde donde vengo es hacia donde voy.

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Poética

Quizá (siguiendo al Estagirita),
si la catarsis es desahogo
y la mímesis una especie de imitación,
sean los besos sin sentimiento
tan solo labios sin pasión,
y la claridad de las ideas
bóveda de las demoras de la razón,
y el desahogo de la semilla
toda la expresión de la flor.

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El sur

Por fin mis ojos ciegos dejan de ver
y la gota que cae en la clepsidra,
cae para siempre.

Por fin el tiempo se vuelve tiempo
y el laberinto se desvanece.

Ya no hay soledad ni tinieblas ni libros.
Ahora soy esa palabra ejecutada hace tiempo,
esa palabra que por fin me hace infinito.

Ahora soy el fue y el será y el es cansado de Quevedo.

Soy ese tigre y todos los tigres,
y Macedonio Fernández y Cansinos Assens.
Y el espejo inútil.

Por fin, soy esa espada de silencio que me va callando.

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La Felicidad

Buscada como néctar que embriaga,

seductora cual canto de sirena,

cualquier brío por tenerte apena,

es torpe como el Golem de Praga.

Tu esencia racional es tan vaga

que depresivos suicidas en pena,

hartos de tu malévola condena,

te ofrendaron su vida aciaga.

Suelen hallarte como simple cosa:

en crepúsculos frescos de neblinas,

en mimos de una madre amorosa.

Te dejas tocar en dosis mezquinas,

eres emocional y caprichosa

para irrumpir, sonetos en ruinas.

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Probé seducirla,

probé cuidarla,

probé ignorarla,

probé odiarla,

probé enojarme,

probé alejarme,

probé olvidarla;

pero la angustia perdura.

Pesado por las lágrimas,

naufrago sin norte en un mar monótono,

esperando una tempestad o al Tiempo.

Probaré amarla o probaré la Nada.

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Bar “Los Amigos”

Soy un hombre solitario, de pocas palabras, un tipo de bar. La costumbre me empuja todas las noches al bar de Horacio, me siento cómodo, no recuerdo la última vez que fui feliz fuera de él. A diferencia de otros, que tienen la extraña costumbre de abandonar aquello que los hace feliz, persevero en frecuentarlo a diario. Suelo sentarme junto a la barra, en una banqueta que es cómoda a pesar de su tapizado cuarteado.

Horacio es de esos tipos que no cambian con el tiempo, lo concibo invariable desde que lo conocí hace veinte años. Acostumbramos a hablar de fútbol, de boxeo, de política, rara vez coincidimos pero nunca discutimos. Su historia es apasionante, a los nueve años madrugaba para repartir el diario El Eco, “era cuando los diarios se doblaban a mano”, me explicó. Al mediodía jugaba a la pelota con sus amigos en la calle, hasta la hora de ir a la escuela N⁰1, “porque en esa época a la mañana iban las mujeres y a la tarde los varones”, me contó riéndose y orgulloso de ser el único de los once hermanos que terminó la escuela primaria. A la tardecita trabajaba de cadete en un taller. “Por la noche nos lavábamos en una palangana con agua caliente antes de ir a la cama…. y a pesar de todos éramos felices”. Con trece años ayudaba a su padre en la cantina del club Defensores, hace cincuenta y siete años que está detrás del mostrador. Inimaginables historias ha escuchado e innumerables secretos guarda con celo profesional, es un auténtico compañero.

Cuando llego temprano aprovecho para cenar un sándwich de milanesa de ternera. Afirmo, sin temor a exagerar, que no existe lugar en el mundo que convide sándwiches de milanesa más deliciosos. Muchos atribuyen su éxito a la elaboración casera de la milanesa. Otros, al horneado que somete al pan a altas temperaturas hasta alcanzar el punto exacto de lo crocante, que sólo Horacio conoce. También están los que afirman que la mayonesa caliente aporta el toque de distinción. Yo prefiero creer que el secreto radica en la repetición, el fantástico talento de conseguir idéntico sabor en cada preparación, como sucede con los tallarines caseros de mamá. El cerebro dispone el paladar a recibir un gusto familiar, el primer bocado del manjar sacia la ansiedad, emparentando el sabor esperado con el real, siempre sabroso, siempre igual… una ración de placer.

La selección del trago está condicionada por mi estado de ánimo, aunque me obstine en negarlo y alardear de libre elector. Cuando estoy sereno pido una “sangría” fresca, los días de nostalgia son para tomar “Leghi”, la angustia o la ebriedad se acompañan con ginebra, en cualquier otro caso me inclino por el fernet. Horacio nunca objeta la elección, se limita a desplegar sus botellas y como en un acto de magia oculta el truco que convierte su trago en delicia.

Esa noche agradable no entré al bar de Horacio. Recordé las palabras de mi amigo el Tano, quien insistía con la leyenda del bar “Los Amigos”, con un español atravesado repetía gritando “ragazzo, tiene que animarse a andare, in quel lugar adivinan lo que voi pensás. ¡questo è creer o reventar!” . Decidí seguir caminando y alejarme en dirección sur por el empedrado que luego de las vías le deja lugar a la tierra.  Al final del oscuro camino, donde el pueblo se convierte en campo, brillaba el pequeño farol del bar como la única estrella de una galaxia desolada. Era casi media noche, no andaba ni un alma, salvo perros callejeros sin alma. Llegué a la última esquina algo agitado. La fachada del viejo lugar tenía pintada la palabra bar con letras mayúsculas negras, la puerta de entrada tenía los vidrios tan sucios que ocultaban el esmerilado. Muchos años en el pueblo y aún no conocía el legendario bar “Los Amigos”,  popular por su hostilidad con los forasteros y, como decía el Tano, por su mito de lugar donde los pensamientos son inocultables.

El salón era pequeño y las paredes blancas estaban manchadas por la humedad, había una nube de humo porque en los bares se fuma, tenía una larga barra de madera porque en los bares se bebe. No puede distinguir presencia femenina, porque en los bares predominan los hombres. Me dirigí sigilosamente a la barra intentando pasar inadvertido, fracasé, mi carácter de foráneo quedó en evidencia de inmediato. Pedí un fernet y me senté en una banqueta muy incómoda a observar, como buen agnóstico, algún hecho que haga creíble la leyenda del bar. El trago estaba asqueroso, afín al desgano del cantinero.

En una mesa chica de un rincón había cuatro tipos jugando al “truco”, tres de ellos no miraban las barajas para jugar. Cuando les tocaba su turno, daban vuelta una carta al azar para no dejar en evidencia la jugada. El más viejo había desarrollado la habilidad de pensar cartas diferentes de las que realmente le tocaban. Los adversarios conocían la maña, entonces el “truco” no perdía su esencia, pues aunque leyeran el pensamiento del viejo no alcanzaba para saber si era cierto o estaba mintiendo.

En el sector más iluminado del salón había dos jóvenes jugando al ajedrez, sudaban y lucían exhaustos. El esfuerzo mental demandado por el ancestral juego se potenciaba por la proeza de enmascarar las movidas de fichas. El jugador A leía la mente del jugador B para conocer su próxima movida. Mientras que este último exploraba  los pensamientos de A en búsqueda de la réplica de su rival. Ante la novedad, B modificaba su imaginada jugada, pero el cambio era en vano porque producía que A también modifique la suya. La diabólica recursión continuaba hasta agotar todas las posibles movidas. Presencié una partida que se definió sin necesidad de mover piezas. Ambos jugadores se miraron fijamente durante minutos hasta que uno, taciturno, cerró los ojos y bajo la cabeza en gesto de derrota. La escena hizo creíble el lugar, aprendí que los ojos reflejan la mente y matan los secretos. Miré al cantinero, descifró lo que quería. El hecho me proporcionó confianza, ya era parte del fantástico mundo del bar. Naturalice lo ocurrido para evitar ser observado.

La puerta de entrada se abrió y una presencia femenina enmudeció el lugar. Era una mujer alta, morena, de cabello ondulado y largo, llevaba un vestido colorado pero elegante y zapatos negros con tacos bajos. Un borracho que estaba recostado sobre una mesa se despertó por el silencio. Un hombre solitario que habitaba la barra se acomodó el flequillo, otro que jugaba al pool levantó con ambas manos su holgado pantalón. Dos hombres apoyados en una columna, dejaron de conversar para escoltar con la mirada el lento y convincente andar de la mujer. Pasó muy cerca de donde estaba sentado. Trémulo, le retiré la mirada deseando que mis pensamientos no fuesen captados por nadie, muchos menos por ella. Algo cambió en mí. Esa mujer era la mezcla exacta de armonías y desarmonías que dejan en ridículo la palabra belleza. Fue directo a besar a un hombre corpulento vestido de paisano, escuché que lo llamaban “el zinguero”. La mujer se sentó con las piernas cruzadas, intercambiamos intensas miradas que alcanzaron para agotar vehementes ideas del deseo. Desafortunadamente, el lugar no era propicio para ese coqueteo. El zinguero se acercó a la barra con modales intimidantes.  Lo miré de manera hostil para no demostrar miedo, como se hace con los perros, mientras pensaba como derribarlo si hiciese falta. Se apoyó en la barra, quedamos codo a codo. Sin mediar palabra el cantinero le acercó un vermú, lejos de achicarse, él también me miraba de modo desafiante.

Escuche la señal, no había mucho para discutir, el zinguero desenvainó un puñal largo como un sable corto. El principio de supervivencia me presentó opciones: pelear por mi vida o huir por la misma razón. Acepté la apuesta,  los tragos que tenía encima aportaron coraje. Me reincorporé ágilmente y quedé enfrentado al zinguero que casi me doblaba en tamaño, saque mi cuchillo que había afilado cuidadosamente esa mañana como presagiando su uso. Imaginé lo que nos esperaba, armaron un semicírculo que emulaba una arena romana. Me hicieron sentir la condición de visitante, aunque nadie terció, respetando las reglas de la disputa cuerpo a cuerpo. Me agazapé como hacen los cocodrilos antes del zarpazo.  Era tan largo o yo tan corto, que necesitaba tenerlo cerca para dañarlo. No percibió mi estrategia porque estaba nervioso, tampoco recordó mi pensamiento cuando nos miramos por primera vez. En cambio, yo estaba sereno y leí sus intenciones. Bruto por naturaleza, se abalanzó para aplastarme. Esperé hasta el instante justo, fue suficiente con agacharme un poco y acuchillarlo desde abajo hacia arriba. Sentí la resistencia del cuero, luego la carne indefensa desgarrándose. Se desplomó como Goliat, ocasionó un estruendo, levantó polvo, chorreó sangre caliente. Me tiré encima y asesté el cuchillo enrojecido en su yugular. Soltó el puñal y se preparó para morir. El protocolo indicaba que debía terminar con su vida, pero me incorporé y retrocedí muy despacio hasta la puerta, amenazando con el cuchillo alzado. Nadie se atrevió a romper el silencio.

Una vez fuera, limpie el chuchillo con la parte de adentro de la camisa como queriendo olvidar lo sucedido y apure el paso hacia el bar de Horacio. Mientras me alejaba, entendí que en todos los bares sucede la misma magia.